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Cómo afrontar la Navidad cuando estás separado y no te toca pasarla con tus hijos

Pastricia Alonso, psicóloga en Tranquilamente, escribió este artículo para El País que reproducimos a continuación:

Para muchos padres y madres, la Navidad después de una separación no es solo un cambio logístico: es un cambio emocional profundo. De repente, la fecha más asociada a la familia y a los rituales compartidos llega con un calendario en el que los hijos no siempre están presentes. La primera reacción suele ser extrañeza: mirar el calendario y sentir que algo no encaja, y es normal. La experiencia no se evita fingiendo que no duele; se atraviesa con acompañamiento y claridad.

Los niños no necesitan que estés “impecable”, sino que estés disponible emocionalmente. Muchos adultos se esfuerzan tanto por “no fallar” que confunden fortaleza con ausencia de emociones. Los niños no necesitan ver a un padre o una madre sin tristeza; necesitan ver a un adulto capaz de sostenerla sin volcarla sobre ellos.

Decirles “te voy a echar de menos, pero voy a estar bien y tú también” es un mensaje poderoso. Les transmite seguridad sin ocultar la realidad. No se trata de evitarles la incomodidad, sino de no cargarles con la nuestra.

Además, es fundamental explicar la situación de forma sencillaLos menores procesan mejor las situaciones cuando se les explica con claridad y sin dramatismo. No es necesario que sepan detalles concretos de lo que se acordó, pero si un marco estable y claro, una explicación breve, coherente entre progenitores y repetible les genera una brújula emocional.

Uno de los efectos psicológicos más relevantes no es la ausencia en sí, sino el sentimiento de culpa que algunos niños desarrollan cuando perciben que “dejan solo” a un progenitor. Esto es fundamental entenderlo: los niños no se sienten divididos por tener dos hogares; se sienten divididos por tener dos preocupaciones.

Muchos padres viven las primeras Navidades sin hijos como un paréntesis incómodo. Pero esa es solo una lectura. Otra es entender que esta circunstancia, no deseada, pero real, permite crear nuevos rituales que enriquezcan la vida familiar.

Crear “la segunda Navidad”: una fecha propia para hacer el árbol juntos, abrir un regalo especial o preparar su comida favorita. Los niños lo viven con ilusión porque no compite con nada: se suma. Tener un plan anual, que se repite siempre el mismo día que regresan a tu casa.

Por supuesto no nos podemos olvidar del torbellino de emociones que se pueden vivir en esta época. La tristeza no es un enemigo; es un indicador del vínculo. Lo que diferencia un afrontamiento saludable de uno desadaptativo no es la emoción, sino el lugar que ocupa. La autorregulación emocional no consiste en estar bien, sino en sostenerse y cuidarse mientras no se está.

Otro de los errores más frecuentes es convertir la Navidad en un escaparate de quién ofrece más diversión, más regalos o más experiencias. Esta lógica, aunque comprensible desde el dolor adulto, se aleja del bienestar infantil. Los niños no necesitan la versión “extra brilli-brilli” de la Navidad. Necesitan coherencia, tranquilidad y adultos que prioricen su estabilidad por encima de demostrar nada, por encima de ser “el mejor progfenitor”. 

Lo más constructivo suele ser mantener una actitud colaborativa y evitar comparaciones explícitas o implícitas. No hay Navidad “ganada” o “perdida”. 

Con respecto al contacto en estas fechas, entendemos que es inevitable querer mandar un mensaje o hacer una videollamada con tus hijos en esos días que no pasáis juntos. Sin embargo, hay que ser cuidadosos con dicho contacto, evitando preguntas que puedan generar presión o intenten controlar lo que hacen el “el otro hogar”. Por el contrario, opta por un contacto afectivo y breve, que entiendan que el vínculo no disminuye por estar lejos.

A veces, los adultos leen la situación desde sus propias heridas, y eso es humano; pero para los menores, mientras haya afecto y coherencia, esta distribución temporal no suele ser un trauma, sino una forma distinta de vivir la infancia.

La manera en que gestionas estas fiestas sin ellos es un modelo emocional para tus hijos. Ellos aprenden mucho más de cómo te ven afrontar los días difíciles que de cualquier discurso. 

Por ello, no es fácil pasar una Navidad sin tus hijos. Pero tampoco es un abismo. Es un momento que, bien acompañado, permite construir una nueva forma de representar el vínculo familiar: más flexible, más realista y basada en la estabilidad emocional que en la perfección. 

La pregunta no es “¿cómo evitar que duela?”, sino “cómo puedo vivir esto de manera que les transmita seguridad, amor y la certeza de que seguimos siendo familia, incluso desde dos casas”. Esa es, al final, la esencia de una crianza sana.

Patricia Alonso. Psicóloga en Tranquilamente

El País: Cómo afrontar la Navidad cuando estás separado y te toca pasarla sin tus hijos