Establecer una hora de regreso a nuestros hijos es recomendable, pero más allá de imponer un límite rígido, se debe considerar el contexto individual del adolescente, su grado de madurez y la dinámica familiar.
Desde la Psicoterapia, se entiende que los límites y normas en la adolescencia cumplen una doble función:
Por un lado permiten brindar seguridad emocional, donde los adolescentes, lejos de lo que comúnmente se piensa, necesitan sentir que hay adultos que se preocupan por ellos, “que les ven” y que establecen límites para protegerlos. Asñi hemos visto y comprobado en casos clínicos que la ausencia de límites claros puede generar ansiedad y desorganización emocional en los jóvenes.
De la misma forma, estos limites favorecen la responsabilidad progresiva, donde el objetivo no es solo que el adolescente cumpla con una norma, sino que comprenda su función y aprenda a autorregularse. Muchos autores, destacan que la negociación de normas dentro del sistema familiar facilita la adquisición de habilidades de autocontrol y responsabilidad. Es decir, es esencial la participación activa del adolescente en la definición de estos limites o normas.
Por ello, una buena práctica es establecer la hora de regreso de manera dialogada. No se trata de que el adolescente decida libremente sin restricciones, pero sí de que participe en la construcción de acuerdos. Un horario puede ser flexible en función de factores como el día de la semana, el tipo de actividad y el nivel de confianza que ha demostrado el adolescente. En este proceso, es clave explicarle que la norma no es arbitraria, sino que responde a su bienestar y seguridad.
¿Qué debemos transmitirle con la dosis de libertad que les damos?
La libertad es un elemento esencial en la adolescencia, pero la autonomía no se otorga de manera absoluta, sino que se va construyendo progresivamente en función de la madurez emocional del adolescente y del vínculo que mantiene con sus figuras de referencia.
La libertad que se otorga debe ir acompañada de un mensaje claro: «Confío en ti, pero también estoy aquí para guiarte». Es importante que el adolescente sienta que sus padres confían en su capacidad para tomar decisiones, pero que también están disponibles para orientarlo cuando sea necesario, y sean
capaces de sostener la posibilidad de que su hijo se equivoque.
Por ello, un adolescente no solo necesita libertad para explorar el mundo y tomar decisiones, sino también sentirse respaldado por una red de apoyo sólida. En la práctica clínica, se ha encontrado que un exceso de control puede generar rebeldía y distanciamiento, mientras que una sobreprotección impide el desarrollo de habilidades para enfrentar desafíos.
El objetivo es que el adolescente aprenda a autorregularse, manejar riesgos y tomar decisiones responsables. Es importante recordar que el desarrollo de la identidad en esta etapa depende en gran medida de las experiencias que el joven tiene con su entorno. De esta manera, es importante promover un equilibrio entre autonomía y conexión con los adultos de referencia, evitando el control excesivo o la sobreprotección.
En el contexto clínico, una de las estrategias más utilizadas es el contrato de autonomía progresiva, donde se acuerdan ciertos grados de libertad y las condiciones bajo las cuales se pueden ampliar o restringir.
¿Es bueno ir a buscarlos o es mejor darles la independencia de que vuelvan en transporte público?
Esta decisión depende de varios factores, incluyendo la edad del adolescente, su experiencia en el uso del transporte público y la seguridad del entorno. Desde la práctica clínica, se cree que el desarrollo de la autonomía debe ser progresivo y adaptado a cada caso particular.
En un primer momento, puede ser recomendable acompañar o recoger al adolescente, no solo por seguridad, sino también para fortalecer el vínculo y abrir espacios de conversación. Sin embargo, es importante que este acompañamiento no se prolongue más de lo necesario, para no generar dependencia o transmitir un mensaje de desconfianza.
La decisión de permitir que el adolescente regrese solo o acompañado debe basarse en su nivel de autonomía y en las características del entorno. Una estrategia efectiva es la progresión gradual de la independencia, comenzando con acompañamientos y, posteriormente, permitiendo que el joven utilice el transporte público en trayectos seguros. Esto permitirá al adolescente fortalecer la autonomía mientras se mantiene un soporte adecuado.
En definitiva, la independencia es clave, pero debe ser alcanzada de manera estructurada. Un adolescente que se siente seguro en su entorno y que ha recibido un acompañamiento progresivo en su autonomía tendrá más herramientas para desenvolverse sin riesgos innecesarios.
¿Qué hacemos si nos fallan y mienten? ¿Los castigamos?
Más que castigar, se trata de comprender que función esta cumpliendo la mentira. La mentira en la adolescencia no debe ser interpretada únicamente como un acto de desobediencia, sino como un indicador de su desarrollo emocional y de la relación que mantiene con los adultos. En el contexto terapéutico la mentira muchas veces es una estrategia de afrontamiento que el adolescente usa para evitar consecuencias negativas, proteger su autonomía o, en algunos casos, expresar su malestar.
Por ello, cuando un adolescente miente, es fundamental entender las razones subyacentes o el contexto de su comportamiento. En lugar de recurrir a castigos punitivos, que suelen generar más distancia y reforzar la conducta evasiva, se proponen diversas estrategias basadas en la reparación y en la comunicación.
En muchos casos no se trata de castigar de manera arbitraria, sino de generar una consecuencia relacionada con el comportamiento. Por ejemplo, si el adolescente mintió sobre su paradero, una consecuencia lógica podría ser que durante un tiempo deba informar más detalladamente sobre sus salidas hasta recuperar la confianza.
En lugar de imponer castigos, es más beneficioso que el adolescente asuma las consecuencias de sus actos y busque formas de reparar la confianza dañada.
