La idea de que la mente se encuentra en el interior de nuestros cráneos es una metáfora relativamente moderna.
Es cierto que el cerebro, como órgano material, constituye el anclaje biológico de los procesos psíquicos tal y como los formula la ciencia psicológica contemporánea. Sin embargo, es un error considerar que la biología cerebral pueda abarcar, por sí sola, la complejidad de los procesos psíquicos.
Roger Bartra, en su libro Antropología del Cerebro, imagina el psiquismo como un conjunto de circuitos que se inician en las neuronas, trascienden el cráneo, viajan por las cadenas simbólicas socioculturales y regresan al cerebro para desembocar en una acción determinada. Es decir, las «cadenas causales» del psiquismo no pueden ser comprendidas si solo tenemos en cuenta los «eslabones intracraneales»: necesitamos un enfoque que integre lo cultural no solo como contexto de fondo, sino como parte inherente de los procesos del sentir y el pensar.
«La teoría del apego plantea la idea de base segura»
La teoría del apego, dentro de la psicología, tiene muy en cuenta la importancia de los espacios interpersonales en el desarrollo de la mente individual. Plantea la idea de base segura, un lugar intersubjetivo donde el afecto se regula y el individuo puede regresar a la tarea de explorar. Esta teoría, sin embargo, tiende a poner el énfasis en las primeras relaciones de cuidado, concretamente en el maternaje durante los primeros años de vida. Así el valioso concepto de base segura suele quedar restringido al escenario concreto de la co-regulación diádica del afecto.
Desde la perspectiva de Bartra, sin embargo, deberíamos tener muy en cuenta el papel de los elementos socioculturales más globales a la hora de acercarnos a la idea de base segura. El mundo que habitamos, más allá de nuestras relaciones familiares particulares, cumple un papel fundamental en nuestra percepción básica de la seguridad.
«El mundo se nos puede presentar como base segura o como espacio atemorizante»
En este sentido, el mundo puede presentársenos como base segura o como espacio atemorizante. Del mismo modo que la mirada de una figura de apego puede sostenernos o amenazarnos, así el mundo puede devolvernos amor o destrucción.
Estas disquisiciones, lejos de constituir reflexiones filosóficas estériles, invitan a los terapeutas a incluir de manera radical el mundo que habitamos en el espacio íntimo de la consulta.
Hoy ese mundo está en guerra, de un modo distinto a como lo ha estado en los últimos años. El occidente de la paz y la diplomacia que conocíamos se va transformando de manera insidiosa en otra cosa muy distinta. Se imponen cada vez con mayor determinación las lógicas de la confrontación: defensa, ataque, huida, escisión, desconfianza… Los misiles surcan cielos próximos y nuestro mundo va dejando de ser una base segura.
Las personas que llegan a la consulta de psicología y psiquiatría, además de traernos sus particulares historias de vida, también habitan en este nuevo mundo… y los terapeutas debemos ser muy conscientes de ello. En el caso de la población infantojuvenil esta premisa es, si cabe, aún más ineludible.
La guerra no es algo que se evapore en la preocupación consciente que sentimos al ver las trágicas noticias, sino que redefine desde la raíz, y a todos los niveles, la percepción de seguridad que habita en cada uno de nosotros.