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Estructuras de acogida

El antropólogo y filósofo catalán Lluís Duch desarrolló el concepto «Estructuras de Acogida» para señalar la necesidad humana de contar durante su desarrollo con marcos simbólicos, afectivos y culturales que lo reciban y contengan. Clásicamente se habla de tres grandes estructuras de acogida: la codescendencia, vinculada a la familia y a la transmisión afectiva y narrativa primaria; la corresidencia, relacionada con la comunidad social y política donde el sujeto aprende formas de convivencia y pertenencia; y la cotrascendencia, referida a los sistemas mitológicos que permiten elaborar las grandes preguntas sobre el sentido de la existencia, el sufrimiento o la propia muerte.

Esta línea de pensamiento implica una visión eminentemente relacional de nuestra esencia psíquica. Llegamos a humanizarnos a través del proceso de enculturación, lo que implica que la Mente emerge de la interacción entre individuos y no al revés: los humanos no son sujetos individuales a priori que secundariamente interactúan; sino que, de la relación como proceso primario emerge una subjetividad secundaria.

Asistimos en este momento histórico a las ultimas consecuencia de una idolatría desmedida a la idea de «Individuo» como entidad aislada de su contexto vincular. Esta «fantasía de la individualidad», en palabras de Almudena Hernando, se ha construido sobre la falacia de que la consciencia individual (en concreto la consciencia masculina) es autosuficiente y autocontenida, y puede prescindir de esas Estructuras de Acogida (sin las cuales, en realidad, ni siquiera habría llegado a existir). Según Hernando, todo ese mundo vincular comunitario que la racionalidad masculina negó ha recaído históricamente sobre el psiquismo femenino: las mujeres han sido las encargadas de sostener los esquemas relacionales esenciales de codescendencia, corresidencia e, incluso, cotrascendencia. El argumentario de la autora es rico en ejemplos ilustrativos y remito a la lectura de sus textos para profundizar en esta tesis.

Como no podía ser de otro modo, la idolatría de la individualidad se ha extendido en el último siglo también al psiquismo de la feminidad, llevándonos a un callejón sin salida en la que nuestra sociedad ha perdido su capacidad espontánea de generar Estructuras de Acogida. El resultado que más claramente observamos es el colapso psíquico en la población infantil y adolescente. Nos quedamos sin vínculos, no solo interpersonales sino entre los nodos de nuestro propio pensamiento: nos quedamos sin relato, como escribe Lola López Mondejar en una de sus últimas publicaciones. Ahora nos vemos avocados a vivir en un mundo de imágenes impresionantes y disociadas que nos atrapan desde la pantalla del smartphone.

¿Dónde se encuentra ahora la función residual de las Estructuras de Acogida tradicionales? Mi impresión es que el peso principal de estas estructuras recae en nuestros tiempos sobre el discurso científico-técnico imperante: lo que antes era una función social ahora se incluye en el ritual del diagnóstico y la prescripción profesionales. La gente busca ahora acogida y significado en el especialista que racionalmente ha obtenido las respuestas necesarias. Pasamos de un proceso en red y espontáneo a una dinámica asimétrica e individualizada cuyo eje central es el Saber Científico: se aprecia con facilidad lo bien que encaja este paradigma con la idolatría al Individuo y la Razón.

Los profesionales de la Salud Mental cada vez percibimos más la presencia de conflictos cotidianos que se psiquiatrizan, dilemas sociales que reclaman un diagnóstico médico, dificultades inherentes a las crianzas solitarias que buscan explicaciones neuroquímicas, colapsos del deseo estancado en el individuo aislado, vacíos profundos en este desolado paisaje de desconexión. Pero no podemos mirar a otro lado, no podemos simplemente decir: “estos no son problemas psiquiátricos, son problemas sociales”. Es hora de asumir que el sufrimiento que ahora nos toca atender es precisamente este, y no es menos grave que las patologías del pasado. Ahora más que nunca llega a nuestra consulta la patología del vínculo en su máxima expresión. Es cierto que las funciones sociales no deben quedar presas de manera indefinida en la imagen del Especialista, pero hasta que el tejido comunitario se pueda regenerar, los vínculos terapéuticos genuinos, la presencia humana del profesional, deberán ser una Estructura de Acogida provisional.