En el siglo XXI, la figura de los abuelos atraviesa una paradoja. Mientras en el plano discursivo se ensalza su experiencia, sabiduría y apoyo incondicional, en la práctica cotidiana muchas veces son relegados, invisibilizados o instrumentalizados. Las exigencias de la vida moderna —marcada por el ritmo laboral acelerado, la fragmentación familiar y la cultura de la productividad— han contribuido a una sutil pero dolorosa deshumanización de los mayores.
Históricamente, los abuelos fueron pilares del entramado social y familiar. Custodios de la memoria, transmisores de tradiciones, apoyo en la crianza y consejeros en la toma de decisiones, su lugar era de respeto y centralidad. Sin embargo, la transformación de las dinámicas familiares y sociales ha erosionado este papel. La urbanización, la migración por motivos laborales y el predominio de hogares nucleares han reducido el espacio simbólico y físico destinado a ellos. En lugar de ocupar un lugar de reconocimiento, a menudo son percibidos como una carga, ya sea económica, emocional o logística.
El mercado laboral contemporáneo también influye en esta situación. Padres y madres se ven absorbidos por horarios extensos, exigencias de productividad y la precariedad que obliga a priorizar la supervivencia material frente a la calidad de los vínculos. En este contexto, los abuelos son, en ocasiones, instrumentalizados como cuidadores sustitutos de los nietos, no desde una lógica de reciprocidad y cariño, sino desde la necesidad. Así, se transforma su rol en una suerte de “servicio gratuito de guardería”, invisibilizando sus propios deseos, tiempos y fragilidades.
A la vez, cuando los abuelos ya no pueden cumplir con estas funciones utilitarias, se observa un fenómeno de exclusión. El envejecimiento, con su carga de enfermedades y dependencia, los empuja a instituciones donde el cuidado se reduce a lo asistencial, perdiendo de vista lo humano y lo afectivo. La pandemia de COVID-19 dejó al descubierto esta realidad: miles de mayores murieron en soledad en residencias, separados de sus familias, convertidos en cifras estadísticas más que en personas con historias y vínculos.
Otro factor que refuerza esta deshumanización es la cultura del “presentismo” y la obsesión por la juventud. En una sociedad que idolatra la productividad, la belleza y la innovación, la vejez se asocia a inutilidad, deterioro y obsolescencia. La sabiduría acumulada durante décadas pierde valor frente a la inmediatez de lo digital. Los abuelos, portadores de relatos y aprendizajes vitales, encuentran cada vez menos oídos dispuestos a escuchar.
Sin embargo, esta tendencia no es inevitable. La deshumanización de los abuelos interpela a toda la sociedad y plantea un desafío ético. Reconocer su dignidad implica devolverles un lugar de pertenencia, no como piezas del engranaje funcional de la familia, sino como sujetos plenos, con derechos, emociones y capacidad de decisión. Supone también repensar el modo en que organizamos la vida laboral y social para permitir espacios de encuentro intergeneracional donde los abuelos no sean un “recurso” sino parte esencial del tejido humano.
En última instancia, la forma en que tratamos a los mayores refleja la calidad de nuestra humanidad colectiva. Una sociedad que margina a quienes le han entregado décadas de esfuerzo y cuidado es una sociedad que erosiona sus propios cimientos. Rehumanizar la figura de los abuelos en el siglo XXI no es un gesto nostálgico, sino una urgencia moral para recuperar el sentido profundo de lo que significa vivir en comunidad.
Amparo Pérez López – Psiquiatra en Tranquilamente