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La presencia de una figura paterna para el hijo es fuente de crecimiento y seguridad, como lo han demostrado numerosos estudios en los que se comprueba que un padre involucrado en la vida emocional, académica y personal del hijo le reportará una mayor capacidad de habilidades sociales, rendimiento escolar y satisfacción posterior en la vida adulta tanto en su relación de pareja como en su desempeño laboral.

El padre actúa como soporte emocional de la madre en el período posterior al nacimiento del bebé. Es un período de grandes cambios para la pareja, en los que la mujer ha de adaptarse en muchos ámbitos como cambios hormonales con importante impacto en el mundo emocional, dolores físicos que en ocasiones dificultan la movilidad, los miedos que surgen con respecto a falta de experiencia ante la llegada del primogénito o la gran labor de hacerle un lugar en el mundo a su recién nacido, en los que un buen soporte por parte de la pareja es de gran relevancia para que la mujer logre alcanzar con disfrute su gran acometido.

Para el padre no es fácil ocupar ese lugar, pues además de tener que lidiar con el peso de la responsabilidad de tener un hijo, su figura parece estar excluida del protagonismo que suscita la diada madre-bebé.

La capacidad del padre de saber ocupar este lugar de forma serena y segura será de gran trascendencia para la vida del futuro hijo, con enseñanzas implícitas como poder conectar con las emociones o necesidades del otro, la capacidad de desenvolverse en el mundo pudiendo ocupar otros lugares que no sean el de protagonista en todo momento o invitar al bebé al mundo que se abre más allá del calor y protección de la madre.

Para el hijo descubrir que no lo es “todo” para su madre, le hace equilibrar su lugar de importancia en el mundo: queremos que sepa que es valioso y relevante, pero no que piense que él es el único que habita en el mundo de su madre, pues le llevaría camino a un narcisismo desmedido que probablemente le dificultaría las relaciones fluidas con terceros en el futuro.

Por lo tanto el desarrollo emocional de los niños está en directa relación con la interacción constante, cariñosa y enriquecedora de ambos progenitores entre ellos y con él.

Los niños necesitan modelos masculinos para convertirse en hombres capaces de conectar con las necesidades de sus parejas e hijos, así como las hijas necesitan modelos de hombres que muestren respeto hacia el sexo femenino y que sepan acompañarlas en su proceso de madre o mujer de forma plena.

De no darse este modelaje, los hijos buscarán patrones que seguir en otros lugares como protagonistas de series de televisión o videojuegos, que tristemente en ocasiones tienden a exagerar los estereotipos machistas de antaño. Por ello los niños necesitan personas que les ofrezcan modelos saludables de conducta, y en este caso el padre representa un papel de incalculable valor.