Llámenos

911.989.500

Escríbenos

consulta@tranquilamente.es

DIrección

Paseo de La Habana, 23 28036 Madrid
Puerto de los Leones, 1 28220 Majadahonda

Recientemente fui al cine a ver la quinta entrega de Toy Story. ¡La quinta! Nada menos… Recuerdo que vi la primera película de la saga siendo un niño; nada más terminar fui corriendo con mi padre al dormitorio en un intento pueril de cazar a mis juguetes en plena acción. Desde entonces, las sucesivas películas de esta franquicia siempre me han infundido una gran dosis de magia e ilusión, como devolviéndome a aquella primera experiencia. Sin embargo, en esta última ocasión ha sido diferente.

El quinto episodio llega cargado, para mí, de trágica nostalgia: nos cuenta cómo el mundo del juego y la creatividad queda desplazado en nuestros días por las pantallas y lo virtual. Más aún, el guion incide en cómo los vínculos interpersonales quedan enrarecidos y desvirtuados por esos Espejos Negros —tomando el título de la obra de Charlie Brooker— que distancian nuestros cuerpos. El mundo de la conexión virtual parece premiar lo superficial, la experiencia estética del intercambio, por encima de la implicación emocional genuina. Y los juguetes protagonistas, estos carismáticos personajes que nos acompañan desde la década de 1990, se esfuerzan por encontrar el camino de vuelta a una relación humana verdadera.

Sin embargo, la película introduce un giro interesante a partir de su segunda mitad, buscando una síntesis de polaridades: las nuevas tecnologías de la comunicación quebrantan por momentos aspectos esenciales de la relacionalidad humana tal y como la conocíamos; pero a la vez han abierto un mundo nuevo de posibilidades de interconexión, dibujando un escenario irreversible para una nueva forma de vincular. A partir de aquí, los protagonistas se esfuerzan por canalizar su humanidad a través de los poderosos dispositivos que tienen a su alcance. De modo que el mundo virtual no queda plenamente demonizado en una contracturada idealización del pasado, sino que se asume que las condiciones del vínculo han quedado para siempre transformadas y que la humanidad debe encontrar un nuevo modo de existir. El tramo final de la cinta constituye una celebración, aún nostálgica y agridulce, de la expresión de los afectos genuinos en convivencia con los espejos negros que conforman nuestro nuevo espacio intersubjetivo.

Todo esto me llevó a recuperar una serie de disquisiciones que venían formándose en mí desde que comencé a atender pacientes en formato online. La pandemia de la COVID-19 supuso un punto de inflexión en el proceso de masificación de las herramientas virtuales en ámbitos profesionales, forzando a los psicoterapeutas a integrar en su día a día el formato online. Cuando yo mismo comencé a utilizar por primera vez esta interfaz en el trabajo con mis pacientes sentía profundamente las carencias de la conexión a distancia. La relación no encarnada me resultaba muy deficitaria, se perdían importantes matices de la gestualidad y las miradas no podían reposar la una sobre la otra… las pupilas no se encontraban. Pero con el tiempo fui sintiéndome cada vez más cómodo y llegué a experimentar una genuina resonancia emocional con mis pacientes, profunda y transformadora como la que emerge en los encuentros presenciales. Esto me hizo pensar en nuestras mentes como redes ampliamente flexibles que siempre terminan encontrando la manera de lograr una conexión verdadera, independientemente del medio. Invadido por este enfoque optimista empecé a captar con mayor nitidez las virtudes de las actuales tecnologías de la comunicación, que pueden resumirse en la superación de las limitaciones del espacio físico. En este sentido aprecié la eclosión del mundo virtual como un escalón más en el proceso de abstracción de la Humanidad, y entendí que el reto consistía en preservar nuestra capacidad de resonancia emocional a medida que ascendemos por esta escalera de metáforas sucesivas que nos alejan de la carne en la que nacimos.

En definitiva, creo firmemente que las pantallas han venido para quedarse. Como en la biología, el entorno cultural humano es a la vez resultado del desarrollo previo y condición presente para el desarrollo futuro. Es decir, estancarse en la nostalgia de condiciones pretéritas ayuda poco en el difícil afrontamiento del nuevo mundo: el reto es seguir siendo humanos en el presente que nos toca vivir.