La reciente entrevista de Ana Peleteiro, en la que comparte con naturalidad la pérdida de su bebé, ha sido un soplo de verdad en un mundo de vidas filtradas y narrativas edulcoradas. En una sociedad donde las redes sociales tienden a mostrar únicamente lo perfecto, lo alegre y lo envidiable, su testimonio se aparta de ese escaparate ficticio para ofrecernos algo mucho más valioso: una ventana al mundo real.
Peleteiro comparte. No se sube al barco de los «que siempre están bien», sino que muestra con coraje que todos estamos en el mismo mar emocional: unas veces en aguas calmas, otras en tormenta. Y que podemos ayudarnos unos a otros a remar, a sostener el timón, a no hundirnos cuando llega la pérdida.
Duelo: un proceso, no un estado
Uno de los grandes aciertos de su relato es cómo deja espacio al proceso del duelo, con todas sus fases. Habla de la negación, esa primera barrera que aparece cuando la realidad duele demasiado. Y esa mención abre la puerta a comprender que el duelo no se supera «pasando página», sino atravesando cada etapa emocional con respeto y acompañamiento.
Las fases del duelo —negación, regresión, rabia, culpa, impotencia y, finalmente, aceptación— no son casillas por las que se transita en orden estricto, sino paisajes emocionales que se visitan, se repiten y se transforman. La aceptación no puede imponerse. Forzar la calma antes de digerir el dolor solo retrasa y entorpece el proceso de sanación. Quedarse estancado eternamente en una de las fases previas a la aceptación, tampoco es una opción, al menos saludable.
La capacidad de resiliencia del ser humano
El ser humano tiene una capacidad de resiliencia infinita que solo se desarrolla una vez aceptamos la parte dolorosa (e inherente) de la vida. Por cada parte de dolor aceptado y atravesado, hay diez partes de crecimiento personal, de seguridad interna, de integridad, de libertad para vivir la vida con plenitud. La proporción juega a nuestro favor. Ahora bien, hay que atravesar el dolor, y eso duele. Pero no atravesarlo y no aceptarlo, probablemente sea aún peor. Y no hablo del caso individual, sino del colectivo, del de la sociedad.
Por eso es tan importante aprender a gestionar los sinsabores de la vida. Y vivimos en una cultura que tiende a hacer todo lo contrario: ocultar o victimizar. Y habría que promover justo lo opuesto, dar visibilidad para fortalecer.
El trauma no se borra, pero se transforma
Otra lección profunda que deja esta entrevista es la comprensión del trauma como algo que puede transformarse. Peleteiro cuenta que trabajó en psicoterapia previamente el duelo por la muerte de su abuela, una figura materna para ella. Esa pérdida, tan significativa, no solo le permitió elaborar un dolor puntual, sino aprender a transitar duelos, a abrir espacio emocional para digerir otras pérdidas. Como las matemáticas: la primera suma cuesta, pero luego el cerebro aprende el camino.
Sanar una pérdida no significa olvidar, sino vivir sabiendo que se puede atravesar el dolor sin quedarse atrapado en él. Quien ha aprendido a despedirse con amor, vive con una confianza más profunda para afrontar las siguientes despedidas que la vida —inevitablemente— traerá.
Nombrar, despedir, integrar
Uno de los momentos más conmovedores del relato de Ana es cómo describe la despedida de su hijo: poder sostenerlo en sus manos, enterrarlo, comunicarle su amor, reconocerle su lugar. “Para mí eres y siempre serás mi hijo”, dice. Y con eso, le integra en su sistema familiar, lo honra y lo recuerda.
Ese acto —el de reconocer, despedirse, incluir— es crucial en el duelo perinatal, donde tantas veces se silencia o minimiza la pérdida porque “no llegó a nacer”. Pero existió, y eso basta. Hacerle sitio en la memoria y en la familia permite que la herida deje de ser una herida abierta para convertirse en cicatriz: una marca que no se olvida, pero que ya no duele al tocarla.
Duelo y maternidad: acompañar sin ocultar
Peleteiro también da una lección sobre cómo acompañar el duelo siendo madre de otra hija pequeña. Con calma, con ternura, le permite ver su tristeza, sin dramatizar, pero sin ocultar. Le enseña que estar triste está bien, que es parte de la vida. Y al mismo tiempo, la protege de las 48 horas más intensas del dolor físico y emocional, respetando sus propios ritmos y los de su hija. Un equilibrio delicado, y profundamente humano.
También le muestra que la función de sostener y de cuidar de “mamá” es del adulto, preferiblemente de la pareja. Colocar al hijo (el ya existente o el futuro por venir) como responsable para sacar adelante a su madre del dolor no es buena idea. Sería para el niño una responsabilidad enorme, injusta e imposible.
Conclusión: del reconocimiento a la confianza
Como sociedad, hemos dado pasos importantes hacia el reconocimiento del dolor: hoy se habla más del duelo, de la pérdida. Pero aún falta un paso más: confiar en nuestra capacidad de sanación, porque el dolor no es el destino final, sino un puente.
Ana Peleteiro no ha compartido su historia para dar pena, ni para buscar admiración. Lo ha hecho, como ella reconoce, para romper silencios. Para que otras personas que atraviesan pérdidas similares se sientan menos solas. Y para recordar que sí, se puede sanar sin olvidar.
Lucía Torres Jiménez – Psiquiatra y directora médica en Tranquilamente


