Se habla mucho de la soledad de las madres. ¿Están hoy más solas que hace unas décadas? Y si es así, ¿por qué ocurre esto?
La maternidad en nuestros días se vive de manera muy diferente a como lo hicieron generaciones anteriores. La vida en las ciudades, el ritmo acelerado y la incorporación plena de la mujer al mundo laboral han transformado profundamente la experiencia de criar.
Hoy, muchas madres transitan el posparto sin una red de mujeres que las acompañe de forma continua y sostenida. Figuras femeninas —madres, tías, abuelas, hermanas, vecinas— que antes estaban disponibles para guiar, sostener y compartir, ahora escasean o no tienen el tiempo ni el espacio. La nueva madre se ve sola, tratando de responder a una tarea monumental sin modelos claros ni manos que la ayuden a sostenerse.
Este vacío convierte la maternidad en una carga emocional desproporcionada: muchas sienten que si ellas no están para cuidar y nutrir emocionalmente a sus hijos, no hay nadie más. Y lo más desgarrador: si ellas no están para sostenerse a sí mismas, tampoco habrá nadie que lo haga. La experiencia de criar se vuelve solitaria, silenciosa y, a menudo, invisible.
A esto se suma el entorno social que habitamos: vivimos en un escaparate. Las redes sociales proyectan imágenes idealizadas de madres siempre radiantes, hijos impecables y familias sonrientes. Poco espacio queda para mostrar el cansancio, la culpa, la rabia o la tristeza. Así, las madres no solo viven la maternidad en soledad, sino que sienten que deben esconder sus sombras, avergonzadas de no estar a la altura de una ficción.
¿Qué cuidados necesita una mujer que acaba de dar a luz?
Todos aquellos que la hagan sentirse suficientemente cuidada y reconocida como para poder cuidar a su bebé. Si ella ha de estar presente para el niño, alguien debe estar presente para ella.
Como médica, suelo imaginarlo como una sala de operaciones: el paciente es el bebé, sí, pero todo el equipo está pendiente de atender al cirujano. La madre necesita que otros la sostengan para poder sostener. Opción B: Como médico, me viene a la mente la imagen de una sala de quirófanos. El importante allí es el paciente (el bebé), pero todo el equipo sanitario se ocupa de atender a las necesidades del cirujano (madre).
Cuando los hijos crecen: una nueva soledad
La soledad de la maternidad no solo aparece en el inicio. También emerge con fuerza cuando los hijos comienzan a separarse.
Si el momento de dar la bienvenida a un hijo es crucial, el momento de dejarlo volar no lo es menos. Criar ha sido una tarea titánica. Pero si todo ha ido bien, llega una fase de individuación, de autonomía, incluso de rechazo a lo infantil y maternal. Y entonces, muchas madres se sienten descolocadas.
Hasta ahora, toda su vida giraba en torno a sus hijos. Y de pronto, la tarea ya no es sostenerlos, sino permitirles que giren por sí mismos sin interferencias. Es un cambio profundo, un giro de 180 grados en su identidad.
En consulta, acompañamos a estas madres a comenzar una nueva etapa: si por amor se dejaron la piel por sus hijos, ahora, también por amor —hacia ellos y hacia ellas mismas—, es momento de cuidar su propia piel.
El autocuidado ya no es un lujo, sino una necesidad. Y parte de ese autocuidado implica escuchar sus propias emociones y darles cabida: el enfado, la decepción, el miedo, la tristeza… pero también el orgullo, la satisfacción y la tranquilidad. De la misma forma que antaño validaron las emociones de sus hijos, ahora han de aprender a validar las suyas. Es su turno.
¿Y los hombres? ¿Comparten esta carga?
Es cierto que los hombres de hoy están, en general, más comprometidos con la crianza que las generaciones anteriores. Esto beneficia, sobre todo, a los hijos, que pueden contar con una figura paterna más presente y afectiva.
Sin embargo, si preguntamos si el compromiso emocional y práctico con la crianza es igual entre hombres y mujeres, aún estamos lejos de esa igualdad. Y es ahí donde muchas mujeres sienten una herida o incluso una estafa.
La mujer ha asumido con plenitud su compromiso con el mundo laboral: se espera de ella el 100% en cualquier puesto, sin excusas ni concesiones. Pero esa misma exigencia de igualdad no ha permeado con la misma fuerza en el ámbito de la crianza. Aún persiste una distribución desigual e invisibilizada de las cargas.
Conclusión
La maternidad actual se vive, muchas veces, en un espacio solitario. Primero, por la falta de red. Después, por el espejismo de la perfección. Y más tarde, por el desconcierto que produce el momento de soltar.
Acompañar a las madres no es un acto de caridad, sino de justicia emocional. Porque cuidar a quien cuida es la única forma posible de sostener una sociedad más humana.


