En momentos de elevado sufrimiento nuestra mente puede entrar en dinámicas polarizantes: todo parece extremo o definitivo. Se trata, en realidad, de una estrategia altamente adaptativa de nuestro cerebro en situaciones de peligro, como si una fuerza nos empujase a tomar una decisión rápida y determinante en un contexto apremiante. Sin embargo, cuando el peligro del que queremos protegernos es algo tan complejo como la intuición de un derrumbe psíquico, la polarización del aparato mental puede añadir aún más sufrimiento: ante el peligro de colapsar emocionalmente, la percepción de que una decisión o un acontecimiento pudieran ser “definitivos” solo incrementa la angustia.
Ciertos eventos culturales codifican momentos de cambio, situaciones de “umbral” que contribuyen a incrementar esa sensación de polarización en la que una mente sufriente se encuentra inmersa. Sin duda, las campanadas de fin de año son uno de esos eventos culturales que simbolizan una transformación definitiva. Es frecuente que uno haga intuitivamente recapitulación de su año (o incluso de su vida) en estas fechas y que proyecte sus deseos y temores, de manera condensada, en el umbral del año próximo.
Uno de los aspectos fundamentales de la psicoterapia es, precisamente, potenciar la sensación de continuidad de la vida propia, sobre todo en momentos en los que el entorno cultural nos embiste con toda la potencia simbólica del cambio de ciclo. Quienes han cargado con grandes sufrimientos y vivencias de naturaleza traumática puede que perciban su existencia como un cúmulo de fragmentos no del todo conectados; el psicoterapeuta actúa como acompañante compasivo en el proceso de recolectar todos esos pedazos y reconstruir el sentido de unidad propia. Desde esa perspectiva, en el seno de un trabajo psicoterapéutico, el acento siempre recae sobre el sentido de continuidad vital a través de los umbrales del Mundo. La noción de proceso persiste frente a la angustiante sensación de que un acto, un pensamiento, una experiencia o una emoción puedan ser definitivos.
Quizá este 31 de diciembre vuelvan a nuestros corazones los múltiples fragmentos que nos forman aterrados por el nuevo final de ciclo, diciendo cosas como: “un año más igual”, “nunca podré recuperarme”, “ya he perdido todas la oportunidades”, “este año es mi última oportunidad”, “tengo que resolver lo que me pasa de una vez por todas”… La mirada terapéutica compasiva responde: toda la vida es un proceso, llena de ciclos que se reinician una y otra vez… Pero no se trata de giros definitivos, no son circunferencias inconexas ni oportunidades perdidas, sino que conforman una gran espiral continua en la que caminamos juntos.
Ciertos eventos culturales codifican momentos de cambio, situaciones de “umbral” que contribuyen a incrementar esa sensación de polarización en la que una mente sufriente se encuentra inmersa. Sin duda, las campanadas de fin de año son uno de esos eventos culturales que simbolizan una transformación definitiva. Es frecuente que uno haga intuitivamente recapitulación de su año (o incluso de su vida) en estas fechas y que proyecte sus deseos y temores, de manera condensada, en el umbral del año próximo.
Uno de los aspectos fundamentales de la psicoterapia es, precisamente, potenciar la sensación de continuidad de la vida propia, sobre todo en momentos en los que el entorno cultural nos embiste con toda la potencia simbólica del cambio de ciclo. Quienes han cargado con grandes sufrimientos y vivencias de naturaleza traumática puede que perciban su existencia como un cúmulo de fragmentos no del todo conectados; el psicoterapeuta actúa como acompañante compasivo en el proceso de recolectar todos esos pedazos y reconstruir el sentido de unidad propia. Desde esa perspectiva, en el seno de un trabajo psicoterapéutico, el acento siempre recae sobre el sentido de continuidad vital a través de los umbrales del Mundo. La noción de proceso persiste frente a la angustiante sensación de que un acto, un pensamiento, una experiencia o una emoción puedan ser definitivos.
Quizá este 31 de diciembre vuelvan a nuestros corazones los múltiples fragmentos que nos forman aterrados por el nuevo final de ciclo, diciendo cosas como: “un año más igual”, “nunca podré recuperarme”, “ya he perdido todas la oportunidades”, “este año es mi última oportunidad”, “tengo que resolver lo que me pasa de una vez por todas”… La mirada terapéutica compasiva responde: toda la vida es un proceso, llena de ciclos que se reinician una y otra vez… Pero no se trata de giros definitivos, no son circunferencias inconexas ni oportunidades perdidas, sino que conforman una gran espiral continua en la que caminamos juntos.
