Desde que los primeros humanos se contaban historias junto al fuego los mitos han poblado nuestro imaginario colectivo. En las grandes gestas de dioses y héroes arcaicos encontramos el reflejo de nuestro psiquismo compartido. Por eso, las historias contadas hace siglos por hombres lejanos siguen manteniendo plena vigencia en nuestros tiempos: vemos reflejado nuestro sentir en las tribulaciones de protagonistas de otras eras.
Uno de los mitos que más ha captado siempre mi atención es el que narra la muerte y “resurrección” de Osiris. Proviene de diversos encantamientos de los Textos de las Pirámides, rituales del Libro de los Muertos y otras fuentes del Antiguo Egipto. Fueron, sin embargo, autores de otros entornos culturales quienes dieron una forma narrativa más integrada a este mito, como en la versión de Plutarco. Así existen múltiples variaciones de la historia. La sinópsis argumental que plasmo a continuación es solo una de las múltiples aproximaciones posibles al núcleo del relato.
Osiris reinaba en Egipto como un dios-rey benévolo: donde él caminaba nacían las cosechas y los hombres aprendían el orden y la justicia. Pero su hermano Seth, señor del desierto y la tormenta, había encontrado motivos para odiarlo. Guiado por las fuerzas del Mal asesinó a Osiris y lo despedazó en múltiples fragmentos que dispersó por todo Egipto para que jamás pudiera volver a levantarse. Isis, diosa de la magia y del amor fiel, comenzó una búsqueda sagrada. Recorrió riberas, desiertos y pantanos, recogiendo uno a uno los restos de Osiris, llorando sobre cada fragmento y consagrando el lugar donde lo hallaba. Una vez recompuesto el cuerpo, Isis se transformó en ave y se posó sobre Osiris: así engendraron a Horus.
Este mito refleja con asombrosa elocuencia lo que para mí constituye la esencia del proceso de sanación psíquica. El ser sufriente experimenta, en mayor o menor medida, la fragmentación de su identidad: lo que uno fue queda partido en pedazos, pedazos enterrados en las arenas de un desierto aparentemente estéril. Pero las lágrimas compasivas de un alma compañera pueden guiar la búsqueda ancestral de uno mismo… el calor genuino de una mirada amiga puede obrar el milagro de la recomposición: así la Unidad vuelve a reinar en el centro del corazón. En este punto, las técnicas y teorías psicoterapéuticas deben guardar silencio ante lo que es simple y llanamente Humano. Existe una cita hermosa, popularmente atribuida a C.G. Jung, que sintetiza esta idea:
“Conoce todas las teorías. Domina todas las técnicas. Pero cuando toques un alma humana, sé solo otra alma humana.”
