Según un estudio liderado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM), uno de cada tres adolescentes (aproximadamente un 33 %) entre 12 y 16 años en España se ha autolesionado al menos una vez en el último año, sin intención suicida.
En muchos casos, la autolesión surge como respuesta a una necesidad emocional no cubierta. Algo externo —fuera del control de la persona— provoca daño y desencadena emociones intensas como tristeza, frustración o decepción, que el adolescente no logra gestionar. Ante esta situación, la autolesión puede aparecer como un mecanismo de alivio.
Este acto proporciona un aparente control: el daño ya no viene de fuera, sino que lo produce uno mismo, transformando a la persona de sujeto pasivo a sujeto activo. Además, el dolor físico generado resulta más tolerable que el sufrimiento emocional, lo que puede aportar una sensación de fortaleza.
Sin embargo, el impacto de la autolesión no se limita al propio adolescente. Afecta profundamente a su entorno más cercano: familiares y amigos comienzan a tomar conciencia del malestar interno que atraviesa la persona. Esta revelación puede generar sentimientos de culpa (por no haber sabido detectar o atender sus necesidades), tristeza o miedo a que el comportamiento se repita. En muchos casos, la reacción inmediata del entorno es volcar su atención en el adolescente, quien puede interpretar que, a través de la autolesión, ha conseguido precisamente aquello que necesitaba: atención, validación o cuidado.
Así, la autolesión no solo expresa sufrimiento, sino que puede convertirse en una vía para garantizar que ciertas necesidades sean atendidas. Incluso puede evolucionar hacia una herramienta para obtener lo que se desea, más allá de lo estrictamente necesario, especialmente si el entorno responde de forma reforzadora ante estas conductas. En estos casos, las personas cercanas pueden sentirse emocionalmente coaccionadas, temiendo que el adolescente se autolesione si no acceden a sus demandas.
Esto puede llevar a que el adolescente quede atrapado en una dinámica de dependencia con la autolesión.
Muchos jóvenes describen la autolesión como una “droga”, debido a la sensación de poder que sienten al escapar de la impotencia emocional. Esta conducta va acompañada de una descarga de neurotransmisores que refuerzan su repetición.
Las endorfinas, u opioides endógenos, se liberan tras la autolesión y generan alivio y placer, reduciendo el dolor emocional. La dopamina, por su parte, activa el sistema de recompensa cerebral, lo que facilita que la conducta se vuelva repetitiva. También provoca una descarga de noradrenalina.
Por todo ello, la autolesión puede tener significados muy distintos: desde una expresión de sufrimiento emocional por una carencia real hasta un intento de manipulación relacional. El paso de una función a otra puede ser tan sutil como el paso del efecto reconfortante de una droga a su impacto más devastador.
Un simple vídeo puede ayudar a comprender mejor este complejo mecanismo.
