En estos días se está hablando mucho de Rafa Nadal después de haber ganado su 14º Roland Garros, de lo importante de sus victorias, pero no nos hemos parado a analizar qué hay detrás de la personalidad de Nadal que le ayuda a triunfar.

Todos vibramos con sus éxitos, anhelamos que llegue victorioso al final del partido y nos tensionamos en nuestros asientos cuando las cosas parecen torcerse. Nadal cuenta que sus abuelos lo pasan tan mal durante sus partidos que a veces optan por no verlos. A lo que Rafa, con una sonrisa, cuenta que les responde “no os preocupéis, lo peor que puede pasar esta tarde es que vuestro nieto pierda un partido de tenis”. 

La principal ventaja que Rafa Nadal presenta es esa capacidad, tan escasa hoy en día, de percibir que no se juega más que un partido de tenis, y que lo único que tiene que hacer es dar lo mejor de sí mismo en cada momento del partido. Dicho así parece algo muy simple de hacer, pero es un comportamiento muy distinto al del resto de la sociedad actual: Rafa no parece sentirse superior a nadie por el hecho de ser el número uno en el tenis o en el mundo del deporte actual. Según dice él mismo «solo juego al tenis un poco mejor que los demás, y esto en términos globales no es un gran valor».

El resto de la población parece hipnotizada en una competición infinita por demostrar su superioridad respecto a los demás: puede ser con un coche, con un bolso, con un título o con un puesto de trabajo,…cualquier aspecto se convierte en una excusa para medirse y tratar de demostrar la supremacía frente al otro. En ocasiones se llegan a hacer elecciones tan importantes en la vida de una persona como los estudios universitarios a cursar o el trabajo a ejercer por el estatus social que vaya a reportar más que por la satisfacción de ejercer una profesión que a uno le apasione. Esto incluso puede llegar a ocurrir en el momento de elegir pareja o amistades. 

Nadal no pretende perseguir esa imagen ideal de sí mismo, tratando de tapar, ocultar o maquillar sus defectos, como millones de personas pasan la vida acicalándose para mostrarse en el escaparate de las redes. Nadal, gane o pierda, es capaz de ver sus carencias en la cancha, con tanta objetividad como sus fortalezas. ¡Qué difícil es encontrar esto hoy en día!

Este comportamiento se palpa en cada uno de los puntos de sus partidos: una buena jugada no le genera la euforia del que se siente encumbrado en la cima, pues tan solo es una bola bien jugada. Una bola perdida no significa que haya echado por la borda su reputación o se cuestione su capacidad, tan solo es una bola perdida. Nadal no se juega su valía en el resultado. No se viene abajo porque en cada bola solo se juega un punto, no se juega su ego. La energía de Nada no está colocada en sostener su narcisismo, solo tiene que ocuparse de jugar al tenis dando lo mejor de sí. 

A dónde podríamos llegar en este mundo si todos jugásemos la partida de la vida como Nadal juega sus partidos: colocando toda nuestra energía en dar lo mejor de nosotros mismos en cada set en lugar de extenuarnos tratando de sostener nuestro narcisismo, de ocultar nuestros defectos o de esconder nuestras costuras.  

Si la sociedad renunciara a este duelo de egos generalizado por demostrar la supremacía y dirigiera toda su energía en sacar lo mejor de la vida, qué capítulos más bonitos se podrían llegar a escribir en la historia española, tan deliciosos o intensos como Nadal lo ha conseguido en la historia del tenis. A veces parecemos olvidar que ninguno de nosotros estaremos aquí en 150 años, así de importantes somos. 

Rafa Nadal sí sabe que no estará en la cumbre del tenis en 20 años, pero siempre estará en la cima de la vida.